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el bolso de Pili

Castillos hinchables

Estaba tan ensimismado que creía que todos los demás eran unos egoistas. Y que todos, claro, no pensaban lo suficiente en él.

Reclamaba una y otra vez atenciones y sus actos estaban llenos de alfombras rojas, que previamente él mismo se encargaba de estirar. Si te tenía que mandar un mensaje, prefería hacerlo desde un balcón, dando un discurso. Buscaba los micrófonos para jactarse de sus triunfos y nunca habló conmigo sin un megáfono.

Desde que lo conozco, el brazo derecho lo tiene más estirado que el izquierdo, que es con el que sujeta el maletín, desgastado y lánguido, casi arrastrado, que suele acompañarle (siempre me he preguntado que si era para llevarle la alfombra roja, pero creo que no, que allí no cabe. Sólo lo lleva para sentirse importante). El brazo derecho es más largo porque siempre lo ha usado, desde el jardín de infancia, para levantar la mano. Dar su opinión, ser el primero de la clase en ofrecerse voluntario para limpiar la pizarra, o presentarse como delegado ... Hasta no me extrañaría que hubiera sido el único candidato en su bloque de pisos para el puesto de presidente de la comunidad. Si su nombre no firmara los documentos de los vecinos, no creo que pudiera dormir tranquilo.

Su nombre está en todas partes. Por donde pasa y suelta su alfombra, lo deja caer y te lo hace repetir. No tuvo dotes para el grafitti y por eso, te llena de tarjetas, donde ves su último cargo, siempre responde a todos en las cadenas infinitas de emails con su santo y seña y se hace mandar el periódico todos los días, para no recogerlo. Entonces, en el felpudo, pasa inadvertido pero intencionado, caducándose cada mañana, con su nombre de apellidos falsamente alargados.

Al salir de casa era eso, un castillo hinchable. Una atracción de feria, que se hace notar llena de ruido. Una farsa, que se hace hinchar con sus conquistas. Llamativo, exagerado, presumido y desproporcionado, aunque tan de mentira como las almenas de plástico amarillo.

Si te lo encuentras casualmente, es muy fácil no decir nada. Ya se encarga él de hacerte saber que es el rey de las piscinas, de las reuniones sociales, de las conferencias internacionales, y por supuesto, que se ha convertido en lo que esperaban sus profesores, cuando levantaba la mano para recitar el temario de Sociales de azul papagayo.

Pero él, también llega a casa. Entonces, se le cae al suelo el maletín. Y allí está, contra la puerta y el mundo. Solo y sin iluminar, se deshinfla y se expande por el suelo.

Cuando lo imagino así me acuerdo de un juguete que tenía de pequeña: una maquinita repetitiva donde un coche de fórmula 1 iba en sentido contrario al resto y tú, con habilidad y pericia, tenías que esquivar al resto, que se hacían notar con un sonido de moscas metálicas.

Pues eso, eso le pasa a él. Llega a casa, después de luchar contra el resto, contra los que no piensan en él, pero entre los que tiene la obligación de hacerse notar, deshacerles las vidas, para que vivan la suya, moverles las manos, para que le aplaudan y repasarles la lección para que no olviden ni una de sus virtudes y sus condecoraciones. Entonces, se queda solo, con el sonido de moscas metálicas y siempre se queja: Caray, ¿por qué no me llaman?

 

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