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el bolso de Pili

He perdido el toque

O lo he dejado escapar. No se, la cosa es que no tengo ganas de escribir en el blog. No se qué decir.

Igual es el frío, que me deja los dedos paralizados. El sueño (siempre tengo sueño ahora). La repetición. Este blog, que es como estar en una casa de alquiler con decoración anticuada. No se. El no se.

La cosa es que no tengo el toque y el brío de otros momentos... Esperaremos, que esto siempre vuelve.

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intervalo

intervalo

Y mientras tanto, que era como decir entonces, cuando lo era todo, seguían llegando los cantos de los pájaros, volvían los fríos tal como se iban y las modas pasaban dejando esa huella que nos hacía anticuadas. Esas que nos hacía ser nosotras mientras que otras nos miraban con cara de reprobación por andar trasnochadas.

Entonces, mientras tanto, los tacones seguían chapurreando, el idioma cantarino, ese torcido que siempre nos han perseguido, que siempre nos han cantado, nos han silbado al dejarnos entrar detrás de las llaves en el portal. Y  una vez más, al cerrarse la puerta ha caido ese intervalo, ese tiempo quieto, parado y silencioso. Ese que nos ha dicho que hemos vuelto a casa. Que siempre volvemos a casa.

Y volvemos delante de una maleta y detrás de un viaje. Pegada de besos y harta de copas, que nunca son suficientes para ver las estrellas volar en azul y verde, en amarillo y en hielo.

Y bueno, ¡qué se yo! siempre, detrás, vuelves a casa y te miras. Y entonces te ves: tan chica, tan menuda, tan diferente a cómo te fuiste aquella vez que no sabías que siempre, al final, siempre, se volvía a casa. Entonces, y ahora, más que entonces, sigo oliendo a casualidades, a números catorce, a besos, que me gustan, ¡ay cómo me gustan los besos! y a encinas de Segura, y a campiñas de Azuaga, a tiendas con TPI de Londres, de Roma, a bolsas de tirantes de tela, con nombre pretencioso y altanero en su solapa. Y huelo a yo, que cada día que vuelvo soy diferente, y huelo distinta, y cada vez, huelo más a mi.

Resuenan los tacones. Otra vez. Otra vez el portal repiquetea y mi cabeza canta. Y huele a flores. Y mis labios, como entonces, saben a beso. A beso dulce, largo, que no se dónde empezo pero que aún no ha terminado. Y repiquetean y vuelvo a casa. Soy una orquidea negra.

Y siempre, en este tiempo, vuelvo a casa. Bendito tiempo muerto, desde entonces y hasta que dejemos de contarnos cuentos, bendito tiempo muerto, infinito mientras dure y eterno mientras no haya remedio.

Ese que siempre hace nuevos los besos. Es más, ese que cada vez hace más nuevos y diestros esos besos.

al final de la calle habia tristeza

La calle hacia una ligera curva a la derecha, por donde se ponia el sol. Eran las cinco de la tarde y los romanos se movian deprisa, en vespas que bajaban la calle o se quedaban parados enfrente del cafe y al lado de las cristaleras de las terrazas.

Yo, mientras, bajaba la calle. Una calle de cine, famosa, y con gloria antigua. Yo, bajaba la calle, con frio, sin casa, cansada. Y al final, un luminoso de Martini cerraba los ojos y traia otras vidas, màs de verano.

Una sensacion, como la del bostezo que no llega. Como la del empacho sin comida. Como la del suegno cuando se ha dormido y sigue cercando los ojos y llenando de pereza la cama. Y he seguido bajando, hasta tocar con la punta de los dedos el cartel luminoso de Martini.

Alli lo he dejado. He girado a la derecha, justo por donde iba el sol y nos hemos ido a ver el espectaculo de la Fontana de Trevi donde a un lado estaba Roma y al otro, el mundo entero: china, japon, estados unidos, espagna, alemania... Y en el centro, un indu que vende rosas y otro con muchos ojos y manos de seda para apropiarse del olvido turistico.

Despues, un helado despacio en la Plaza de Spagna y al subir las escaleras, me he sacudido esa sensacion. Ya puedo volver a casa.

Y mañana todo se llenará de bicicletas

Y de cosas que o huelen a plástico o huelen a nuevo. O están sin planchar, pero porque no lo necesitan.

Pero eso será mañana, porque hoy, las calles están vacías, las camas están llenas y las casas recogidas. Todas calladas, todas oscuras, menos las de mis vecinos de enfrente, donde aún crepitan las luces azules, las amarillas con las rojas, cada una a su ritmo, pero todas al compás para andar desordenadas. Y hacen ruido en una noche donde en la glorieta no pasan coches, ni furgonetas. No hay autobuses.

Mi casa suena a calentador de aire. Repetido y cansado da las vueltas a las hélices para dar calor. Y en la entrada, al lado de la puerta azul, las cosas se ordenan. Entonces, el paraguas se ha apoyado en la pared que está justo al lado de la puerta, y el paraguas, es azul. Y la lámpara, que les da el color, es un gran farol de papel, que brilla de turquesa. Y eso es lo que hay, porque todo se va quedando en punto y en su sitio. Y eso es lo que hay.

En la calle, los caramelos se pegan a el asfalto, un exceso, un empacho, el último de estos días. Un derroche necesario para contar los días al revés. Y para tener excusas cuando no tenemos sueños y besos cuando no tenemos nada más que dos almohadas vacías.

la puerta azul

Ayer pinté la puerta de mi casa de azul. Por fuera está intacta, pero por dentro, es azul mar, azul griego, casi turquesa, azul de playa de arenas blancas, azul de sonrisa de acero y azul de tu bañador y mi blog.

El bote lo había comprado a principios de año. Azul, mi azul. Un bote pequeño y sin pretensiones. Nunca me imaginé que una tarde de fin de año diera para una puerta entera. También había comprado un pequeño rodillo, para que la pintura quedase bien extendida y no necesitara lijar. Soy creativa pero perezosa (creo que por lo segundo soy lo primero), así que estaba todo listo para no hacer trabajo de más.

Pues eso, que en menos de una hora, la puerta de mi casa se volvió azul intenso. Y todo se llenó de olor a pintura y a plástico.

Todavía no me acostumbro al cambio, todavía me sorprende verla azul, y aún le falta una mano y colocar unos versos, los oportunos, para verlos cada mañana al salir a la calle y para que me abracen cuando vuelva cansada por la noche. Y me recuerden, me guíen, me sigan dando luz y cariño. Ahora sólo queda buscar esos versos y, después de aplicar la otra mano, dejarlos crecer.

Sin darme cuenta, empecé bien el año. Pintándome por dentro, llenándome de versos, que me despidan y me recojan cada día. Por fuera, mi casa sigue siendo la misma, pero por dentro tiene más luz y hace calorcito. Así va a ser mi año: decisivo, calmado y con luz, pero con cambios discretos y por dentro. Feliz año nuevo. Bienvenido. Espero que te quedes, como los demás, 365 días.

planes navideños

Una mañana estupenda. Esta mañana hacía sol y el carril bici de mi calle ya estaba abierto y listo para estrenarlo. Con su toque romántico e invernal, lleno de hojas secas, perfectamente colocadas y sin ciclistas. Algunos peatones con los que cruzarse y dejarse mirar. Sonreir, y seguir camino del parque, en una mañana como de domingo pero sin gente y sin periódicos.

He cruzado la Palmera, dándome el aire frío en la cara. Hasta llegar al monumento a Elcano no he entrado en calor y entonces, he seguido escuchando el aire, al zumbar en mis oidos y salir corriendo, a toda prisa, para seguir enfriando la mañana.

Sin Ipod y sola, era el momento ideal para hacer ristras de planes y de ideas. Y he encontrado una: ¿alguien se viene el día 1 a hacer una escapada de senderismo? ¿Una excursión en bicicleta? Y por supuesto, ¿alguien se viene el treinta a la última borrachera del año? Espero que sea memorable y por supuesto, que no deje resaca y si buena memoria. De esta última nos tenemos que acordar. Chica ya se ha apuntado. Espero que Paula, Clara, y alguna más no diga que no.

El sms de moda

Cada navidad, siempre llega un sms de moda. Que si los pavos borrachos, que si las estrellitas. Este año es el de todo y nada. Te deseo todo lo que te haga feliz y nada que te haga sufrir.

Yo prefiero quedarme con todo. Con lo bueno y también con lo malo. Si no llueve, no puedo sentir el aire pegándome en la cara. Si no llueve, no puedo disfrutar de secarme al sol. Si no hace sol, no tendré fuerzas para cuando llegue el invierno y el frío. Si no te echo de menos, si no te pierdo de vista, si no sales volando y no se en qué árbol vas a cantar, no tiene gracia que vuelvas a posarte en mi hombro, cuando vaya silbando camino de casa.

Que no, que no quiero lo que huela a artificial, lo que sea estandar, repetido, admitido, cómodo y fácil. Que quiero todo, lo que es bueno, lo que no y lo que parece que es una cosa y luego es otra, porque así es la vida. Y la vida, tal como es, ya me gusta.

abrazos gratis, ¿a qué precio?

La primera vez que vi el video fue en un email de Luis. Después, conmovida y emocionada, lo colgué aquí. Me uní y firme donde ponía una equis de "yo quiero abrazos gratis", y como la gripe, lo pegué por email y por blog.

A los pocos días, me los encontré por las calles y hoy, sigo viéndolos colgados con su cartel de "abrazos gratis". Mmmm me temo que no he entendido bien esta acción. Cuando vi el video, me dije: "Pili, tenemos que pararnos. Tenemos que dejar de correr para dar más besos, para querer más y sobre todo, para decirle a todos los que queremos, que los queremos. ¿No es triste que los abrazos, que son gratis, los vendamos tan caros?". Y ahí empezó mi conmoción. Y me dejé seducir. Y desde entonces, los lunes, cuando llego al taller, reparto besos. Y encima, me gusta. Y lo mejor, me sale solo.

Hoy, me decía alguien, había vuelto a ver a los de "abrazos gratis" por la calle. Y hoy, me digo, mal vamos. ¿Para dar abrazos tenemos que poner cara de bueno y llevar un cartel? ¿Para qué queremos darle abrazos a desconocidos? ¿Cuando llegan a casa y sueltan el cartel siguen dando abrazos?

No me gustan estas acciones tan de plástico. Tan provocadas. Tan artificiales. No me gusta que nos hagan falta, es más, me preocupa. La vida es como el zumo de bote. Tanto conservante, colorante y emulgente, hace que las cosas pierdan su sabor original. Puede que fuera un sabor más seco, o más complicado, o que tuviera pulpa y trozitos de cáscara, pero aquello era zumo de naranja. Pues lo mismo pasa con estas cosas. Me preocupa que sean necesarias y también que nos acostumbremos a ellas.

Me decía una amiga recién parida y recién iniciada en estas preocupaciones, que los bebés, al estar ahora tan asépticos y aislados, están menos preparados a inmunizarse, y hay más alergias infantiles. No se si es un falso mito o si es cierto, pero eso sí que pasa en el resto de la vida: todo es tan puramente artificial, que nada mancha y nada deja marca y si por casualidad un día, salimos a la calle y pisamos un charco sin botas de plástico, se nos enferma hasta el corazón. ¿Estamos aislándonos tanto de la vida, que no estamos preparados cuando nos cruzamos con ella?

muack!

Ha vuelto. Ha venido dentro de una postal con un pingüino con bufanda. Como siempre, ha llegado sonriente y con letra mayúscula.

Y allí dentro, estaba pegado al cristal de un acuario. Y más allá, medusas mezcladas con pulpos y mantas. Tiburones y peces de colores.  ¿Me oirá desde aquí? Desde este lado de acá, frío y con estufas, con luces de colores, no tan risueñas como aquellas. Con regalos pero sin tanto papa noel. Con más bufandas y con turrón de chocolate. ¿Le llegará un beso si se lo doy por aquí?

El día de la marmota

Harta. Estoy harta.

Estoy tan cansada de repetir los mismos días con distintos tacones, que ni siquiera me he dado cuenta que casi es Navidad. ¿Navidad? Desde hace dos Navidades casi que repito el día sin escaparme ni uno.

El año que viene le voy a pedir a los Reyes Magos que me dejen hacer una devolución: le doy todas las horas que me las pasé esperando, que no sirvieron de nada, que me aburrí y hasta las de esta noche, saliendo del trabajo a las doce.

Ay.

La rubia del museo

Hace poco fui a ver una sala de exposiciones. Allí, como en casi todos los sitios donde se expone arte contemporáneo, no hay que esperar mucho para que aparezcan los personajes propios de estos sitios.Claro, cada sitio tiene sus personajes y los de este tipo de lugares los tienen y bastante definidos.

No tardaron. Dejé atrás la primera sala, donde unas capas de cristales de espejos se agarraban al techo y se dejaban dar forma para ser casi humanas, entré en la segunda y al salir, ya venían los tres, por detrás de las misteriosas capas plateadas y brillantes. Por supuesto, de primeras, no me sorprendieron.

Una mujer. Dos hombres. De los dos hombres, uno era figurante. El otro, artista. Pero el artista tenía menos papel que el figurante. Digamos que era sólo para dar ambiente. En estos grupos, muchas veces, hace falta un artista. Y ese era él: camiseta sin mangas, a pesar de andar ya bien entrado el otoño. Negra, por supuesto, a juego con unos pantalones de cuero del mismo color, un par de músculos en sus brazos (previamente tatuados) y botas de cowboy, muy a su estilo, a pesar de tener acento andaluz cerrado. El otro estaba para que ella hablara y tuviera sentido todo lo que decía (al menos, alguien hacía que escuchaba su ristra de letanías). Y como lo importante era la conversación de ella, no me acuerdo de este otro personaje.

Ella. Rubia, delgada y llena de ella misma. Con un modelo que ya era de última moda en los ochenta, seguía siendo un revival de sí. Año tras año, repetida, pero con más arrugas, menos pelo y más canas. Seguía siendo imposible, pero se ve que en estos últimos veinte años se había crecido, de tal manera, que su voz, igualmente clara, cantarina y subrayada, se hizo notar desde el momento en que dejaron atrás las tres capas metálicas y llenas de reflejos.

Ella, y sus dos ayudantes, pasaron de puntillas por las salas, pero dejando sus comentarios clavados con martillo a las paredes. No dejó de hacer anotaciones al margen. Sus comentarios eran como esos corazones con bolígrafo en los márgenes de los libros del instituto. De repente, te dejan un libro para estudiar ese año y lo encuentras lleno de aburrimiento, de pocas ganas de aprender y de muchas horas perdiendo el tiempo. Esas anotaciones que no quieren decir nada, que ni siquiera son bonitos dibujos y que no hacen más que molestar al que le gusta mirar las cosas con sus propios ojos, al que es ordenado, al que le gusta el espacio en blanco... En fin, que ella, aquella mañana de domingo, sin resaca, había venido a molestar.

Ellos dos. No decían nada. Pero tampoco la mandaban callar. Sonreían, la miraban, se miraban, y dejaban pegados sus ojos en las curvas del resto de mujeres que paseaban por las salas. Quizás, para ellos, lo más interesante de aquella mañana sin vermuth. El artista consiguió escaparse. Ella en cambio se había vuelto a repetir, en este papel de llenar de tachones y marcas el pasillo, acompañada del otro amigo, que ahora que recuerdo, llevaba un sombrero de fieltro negro. Y poco más. Pues eso, el artista andaba escapado y se cayó dentro de una sala minúscula, donde había una proyección.

Yo estaba allí. Me miró, me repasó. Me sonrió. Le quité la vista de encima para seguir con lo mío, que era aquella proyección de silencio, movimientos lentos, paz, tranquilidad, expresiones calmas y pensamientos largos.

Desde el fondo del pasillo, la voz de ella se hacía más intensa. Ahora le explicaba a su otro compañero lo gracioso que había sido aquel pintor al dejar fuera de los marcos anotaciones y cómo la obra no terminaba en su papel. Se sentía brillante y se jactaba de ser la única en haberse dado cuenta de aquello (que curiosamente, estaba referido y subrayado en el resumen que sobre la obra había en una pared, pero claro... Ella no podía haber reparado en eso. No se puede hablar tanto, tan rápido y con tanta capacidad para estar pendiente de ella y de todos los demás y encima, pararse a leer quién y por qué está detrás.)

Por supuesto, oliendo al artista llegó hasta la salita. Pasó por delante mía, con un "cariño, ¿dónde te habías metido?" y con una mano larga, estirada, de uñas rojas, le exposó la muñeca y ya no le soltó, con su conversación fluida e intensa.

Por supuesto, yo me fui, y seguí mi camino, que era el que más lejos me mantuviera de ella... El camino hacia la calle, la luz y otros huecos sin los humos de su voz. Entonces, al salir, buscando los rayos del sol, me acordé de una amiga que conocí en Madrid. Un personaje raro, también excéntrico, como muchos de los que acuden a estos sitios, pero al que no le gustaba hacerse notar. Ella, mi amiga, decía que le gustaría que sus pisadas, al entrar en el Museo, se reflejaran dentro de ella y que no se escucharan fuera. Con tanta sensibilidad, que no hubiera nada de aquel sitio que no le dejara sin marca al salir, aunque fuera el simple sonido seco de sus tacones contra el mármol de las escaleras.

La rubia salió. La volvía a oir cuando me escapaba del museo. Y así me la imaginé: Si levanta sus tacones, se dará cuenta que están limpios. Sin estrenar. Seguro que rojos, de puntera y de aguja. Sin una marca, sin un gramo de polvo y con las tapas sin haber notado el peso de sus pasos. A esta mujer sólo le deja marca ella misma, con sus repetitivos vestidos de los años ochenta, aún por poner de moda y sus uñas lacadas, esas que lo señalan todo y no le dejan ver nada. Los pasillos necesitarán que los vuelvan a encerar. Las televisiones, tendrán que volverlas a encender y los ordenadores, a reiniciar. Al menos, hasta otro domingo sin resaca, no volverá por el museo.

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Los globos

Todos corren. Algunos corren tanto para atrapar la vida en estas dos semanas, que se les escapa. Pero andan a trote cochinero, orgullosos de estar estresados.

Así, así están las calles. Compras, lista de regalos, apuntadas en un post it por delante y por detrás. Supermecados llenos de peticiones caras, para comidas largas e interminables, que necesitarán tiempo para la resaca y el almax.

Excesos mezclados con prisas, subidas de tensión, colesterol, cansancio... Y al final es lunes o viernes, ¿qué más da? La semana pasa tan rápido y... Se va.

Desde que han llegado estos días, es rara la mañana que no veo un globo escaparse, salir volando, huyendo, camino del sol desde las ventanas de la oficina. Estos días fríos, que nos vienen con sol y pegajosos de navidades, siempre traen caramelos y globos. Cada vez que veo uno de esos globos que se escapa, mientras por casualidad he dejado de repiquetear en el teclado para mirar por la ventana, me rio, respiro fuerte y casi pido un deseo, como haría con una estrella fugaz de verano. Y es que, ese globo, que ha dejado a un niño quejoso porque se le ha escapado, a mi me hace sonreir. Él, tan chico, tan inútil, y que se ha ido sin hacer ruido. Él, tan prescindible, me hace recordar que lo importante no es seguir repiqueteando aquí, detrás de la ventana. Me dice que lo importante es lo que muchos no somos capaces de ver, por no mirar al cielo. Por no pararnos y respirar. Y que lo que más vale, a veces, es lo que se va volando y sin hacerse notar. He tenido suerte, durante estos tres segundos que lo vi marcharse, me he reído y me he parado a vivir.

Castillos hinchables

Estaba tan ensimismado que creía que todos los demás eran unos egoistas. Y que todos, claro, no pensaban lo suficiente en él.

Reclamaba una y otra vez atenciones y sus actos estaban llenos de alfombras rojas, que previamente él mismo se encargaba de estirar. Si te tenía que mandar un mensaje, prefería hacerlo desde un balcón, dando un discurso. Buscaba los micrófonos para jactarse de sus triunfos y nunca habló conmigo sin un megáfono.

Desde que lo conozco, el brazo derecho lo tiene más estirado que el izquierdo, que es con el que sujeta el maletín, desgastado y lánguido, casi arrastrado, que suele acompañarle (siempre me he preguntado que si era para llevarle la alfombra roja, pero creo que no, que allí no cabe. Sólo lo lleva para sentirse importante). El brazo derecho es más largo porque siempre lo ha usado, desde el jardín de infancia, para levantar la mano. Dar su opinión, ser el primero de la clase en ofrecerse voluntario para limpiar la pizarra, o presentarse como delegado ... Hasta no me extrañaría que hubiera sido el único candidato en su bloque de pisos para el puesto de presidente de la comunidad. Si su nombre no firmara los documentos de los vecinos, no creo que pudiera dormir tranquilo.

Su nombre está en todas partes. Por donde pasa y suelta su alfombra, lo deja caer y te lo hace repetir. No tuvo dotes para el grafitti y por eso, te llena de tarjetas, donde ves su último cargo, siempre responde a todos en las cadenas infinitas de emails con su santo y seña y se hace mandar el periódico todos los días, para no recogerlo. Entonces, en el felpudo, pasa inadvertido pero intencionado, caducándose cada mañana, con su nombre de apellidos falsamente alargados.

Al salir de casa era eso, un castillo hinchable. Una atracción de feria, que se hace notar llena de ruido. Una farsa, que se hace hinchar con sus conquistas. Llamativo, exagerado, presumido y desproporcionado, aunque tan de mentira como las almenas de plástico amarillo.

Si te lo encuentras casualmente, es muy fácil no decir nada. Ya se encarga él de hacerte saber que es el rey de las piscinas, de las reuniones sociales, de las conferencias internacionales, y por supuesto, que se ha convertido en lo que esperaban sus profesores, cuando levantaba la mano para recitar el temario de Sociales de azul papagayo.

Pero él, también llega a casa. Entonces, se le cae al suelo el maletín. Y allí está, contra la puerta y el mundo. Solo y sin iluminar, se deshinfla y se expande por el suelo.

Cuando lo imagino así me acuerdo de un juguete que tenía de pequeña: una maquinita repetitiva donde un coche de fórmula 1 iba en sentido contrario al resto y tú, con habilidad y pericia, tenías que esquivar al resto, que se hacían notar con un sonido de moscas metálicas.

Pues eso, eso le pasa a él. Llega a casa, después de luchar contra el resto, contra los que no piensan en él, pero entre los que tiene la obligación de hacerse notar, deshacerles las vidas, para que vivan la suya, moverles las manos, para que le aplaudan y repasarles la lección para que no olviden ni una de sus virtudes y sus condecoraciones. Entonces, se queda solo, con el sonido de moscas metálicas y siempre se queja: Caray, ¿por qué no me llaman?

 

luces

Ya sabes, son tópicos, siempre lo mismo, y es inevitable: el barrio está lleno de pastores, ovejas y ángeles con alas de algodón a la salida del colegio. Las tiendas tienen más ruido y las bolsas suenan a papel de celofán. Recibes cartas, postales lejanas llenas de una nieve y unos árboles que no conoces y medios de transporte guiados por animales de cuatro patas y que vuelan. Huele a pasteles y dulces, los que hacen eses no se limitan a los fines de semana y los árboles y las ventanas se atestan de luces intermitentes.

De todo esto, me quedo con las luces. Siempre me pregunto que por qué no se utilizan todo el año. Pues eso, las luces... Me encantan las luces brillantes que ponen mis vecinos de enfrente. Llenan un árbol puntiagudo de luces azules y una cascada intermitente de colores se deja caer por el balcón. Ellos, eso sí, siguen con su casa apagada y triste, y desde luego, no creo que puedan ver el espectáculo de la ventana. Siguen con la persiana cerrada. Pero bueno, eso para ellos es navidad. Desde luego, no me queda otra que pensar que para quien ponen las luces es para mi. Tintineantes y revoltosas.

 

fiebre

Lo bueno de no tener termómetro es que así, una nunca tiene fiebre. Lo malo es ir a casa de tu madre, que allí, hay de todo (además de jamón del bueno).

Pues eso, que estoy malita. Que me voy a moquear a otra parte. Prometo volver, sana y salva.

Y lo mejor

Y lo mejor fue que me vi bajando escalones, mitad de mármol, mitad de nieve, y yo, con un abrigo nuevo, todo de terciopelo y todo muy negro. Y bajaba, y así bajaba, así caían los escalones, deshechos de nieve, deshechos de escalones, de estructuras y no eran. Y yo, yo me reía.

Y lo mejor, lo mejor fue que todo estaba en silencio. Casi que como mucho, se oían dejarse caer los copos gordos de nieve. Bloques densos, macizos y mates, pero que no eran capaces de hacer más allá que un simple ruido sordo, seco y salado. Y no eran escalones, por lo mismo, que no eran ruido.

Y yo, lo mejor, es que sin querer, y sin tener, sin tener razones, me reía. Y entonces, todo era tan azul, tan hielo y tan yo, que no había diferencias, ni marcas ni no ser. En fin, que era justo lo que debía. Y arrastraba cosas, pero sin querer. Cosas sordas.

Y seguía bajando, hacia el hueco de las escaleras, oscuro y solo. Y mientras más bajaba, más me sentía y me parecía estar subiendo. Y después de todo, lo mejor era pensar en que daba igual subir que bajar. Que total, si iba a ser lo mismo, si iba a ser. Si iba a seguir siendo un ojo marrón oscuro y una sonrisa larga y ancha. Y hoy hay nieve, y lo mejor, es que mañana hay sol. Y por ahora, siempre va a haber sol.

Cosas

Llego a casa y me dejo caer encima de los tacones. Después, cierro la puerta, sacudo los tobillos y se quedan tumbados en la esquina del pasillo. Mis tacones infinitos, arquitectura de Alicante, se quedan tumbados y sin respiración. Las plantas de los pies aún me hacen cosquillas cuando los miro. ¿Cuánto tiempo llevan conmigo? Les sonrío. Ellos saben que hemos atravesado, bailando y haciendo eses, el portal algunos fines de semana. También han venido conmigo en las últimas primeras citas y han corrido por la Castellana buscando un taxi. De boda y con vaqueros. Y ahora están en la esquina del pasillo, riéndose de mi mientras les escribo un post.

Esos dos zapatos de ante color camello salen de mis armarios desde hace unos cuantos años. En el mes de septiembre, me esperan, ansiosos, para que los coloque en primera fila, cerca de los jerseys de cuello vuelto, al lado de la falda marrón, que les sienta tan bien y de los abrigos que vienen con ellos y que aún huelen a noche larga de Madrid.

Hoy, los tres, venimos de boda. Y mientras ellos descansan en el suelo frío, yo les escribo un post. A ellos y a esas cosas que me vienen desde lejos y son tan mías como mis caderas anchas, mis ojos bien abiertos y mi boca azul metal.

Temporal

En mi barrio, como es muy barrio, nunca pasa nada. O mejor dicho, siempre pasa lo mismo. Por eso, cualquier día puede pasar lo menos pensado. Y recordarse. Durante años.

Ayer hubo un temporal. Duró cinco minutos, el tiempo justo para azotar las tres palmeras, despegar el agua de la fuente y llenar los coches de hojas inquietas y secas. Justo empezó cuando volvía a casa. Justo me dejé llevar durante unos segundos, los justos para empaparme y llenarme de hojas marrones y amarillas. El agua me azotaba la cara y me llegaba hasta la campanilla. El aire me cerraba los ojos y me abría la boca. Y justo ahí, justo esos cinco minutos, mi barrio fue el centro del mundo. Y yo, durante treinta segundos, estaba viva.

A veces me parece que voy dentro de un coche, con las ventanas subidas y la calefacción puesta. Suena Radio3 y no hay nada que nos pueda molestar (porque los atacos, los semáforos rojos o los conductores maleducados han pasado a la historia. No suenan en mi coche). Pues eso, que sigo conduciendo, haciendo kilómetros, pero con otro desgaste, que no afecta a mi piel, mi pelo y que no me hace cosquillas, ni me da frío.

Ayer, en cambio, me bajé del coche y sentí el viento en la cara, y allí me habría quedado horas, si así hubiera seguido el tiempo, pero un jubilado, desde el cajero del portal me hacía señas para que me refugiara en el techado.

Después no pude dormir y, viendo la tele, he oido una sierra. Eran cuatro bomberos que se abrazaban a un árbol y trepaban sobre su camión, hasta hacer astillas a uno de los plataneros que se ha dejado ir con el temporal. Y ellos allí, a horas que no tienen número, hacían astillas del árbol que se iba a caer. Y yo allí, tan sola y tan chica, y otra vez en pijama en el balcón, volvía a vivir. A mi, con el temporal, me han salido alas, como a las hormigas de invierno. Alas eléctricas, planas y debiluchas, pero alas que me dejan soñar con una hoja de menta en los labios.

El mundo en mi barrio, a veces gira. Y el mío, hoy, otra vez, también. Han vuelto a cantar pájaros perdidos y el árbol ya sólo es astillas y dos ramas sueltas en la acera. Pero los pájaros, cantaban. Creo que han cantado para mí. No era la hora de los pájaros ni tampoco era la mía, la mía de volver a casa. Y allí estaban, piando. Porque sí o por mi. Yo he dejado repiquetear los tacones en la puerta,  porque se que a ellos les gusta cómo suenan y ellos se han callado hasta que me han oido entrar, entonces han vuelto a piar. Me he parado a mirarlos, sin verlos, y los he dejado cantando entre las hojas de los árboles que se volvían a mover.

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Festival Entre Culturas

He visto algunas cosas que pueden interesaros:

El 27 de diciembre, actúa en el Teatro de la Maestranza, la compañía de danza de M. Pagés. Este espectáculo forma parte del festival Entreculturas (del que por cierto, no encuentro su página web). Es a las 9pm. y hay entradas desde 16 eu. (en paraíso de arriba del todo) hasta 30 (en patio).

El 28 de diciembre, concierto de Jorge Drexler con amigos (entre ellos, Kiko veneno creo, pero no se especifica y por ahora, no hay más información). Este es en el teatro Central y todas las entradas cuestan lo mismo: 20 eu., aunque habrá que recogerlas en el Maestranza.

También el 3 de enero hay algo que aparentemente, promete: Hay un concierto homenaje a Almodóvar, donde cantarán algunas de las intérpretes de las músicas de sus películas. Esto debe molar tela. Yo he comprado para patio, y cuestan 30 eu. Ya hay bastantes entradas vendidas para esto.

Creo que viene Estrella Morente, entre otros… Será el 28 y el 29.

Bueno, en www.generaltickets.com podréis comprar las entradas y también encontrar algo (pero muy poco) de información al respecto.

Si váis, nos vemos.

Por pedir...

Borracho y forzando la voz, con un cigarro negro en la mano y una copa más en la otra, me dijo muchas frases inconexas, sin sentido y que unas tachaban a las anteriores y otras borraban lo que acababa de decir.

Allí seguía, ahora, además de borracho y ronco, estaba despeinado y su cigarro había terminado. A la copa le quedaban dos sorbos, pero no iban a modificar su estado. Ya no podían cambiarlo más.

La cosa es que, con mi natural obediente y mi absoluta confianza en los borrachos, que siempre dicen la verdad, creí a pies juntillas sus consejos y los tomé como máximas para mi nueva vida, esta que hoy voy a gritar (como así me aconsejó) para empezar a cambiarla (que según él, es lo que tenía que hacer).

Bueno, no se realmente si quiero cambiarla o si me hace falta, pero creo que gritar por la ventana, nunca le molestó al que lo hacía. Como mucho, a sus vecinos. Y el aire fresco y mojado de esta noche le vendrá bien a mis pulmones. Ya no son horas, pero voy a gritar. Voy a gritarme qué quiero ser...

Pequeña, lenta, sin necesidad de prisas. Con los ojos bien grandes, y si hace falta, hasta con gafas. Quiero tener un despacho al sol, dentro de un barco. Un ático mirando a un río y desde donde se pueda ver cómo se pone el sol. Quiero no sentirme extranjera en el campo ni sola en la ciudad. Quiero hacer bolsos con una máquina de coser y mover mi mundo con una cámara de fotos y un teclado de ordenador. Quiero comer chocolate y nadar sin cansarme. Tener un perro para pasearlo, en vez de que tengan que pasearme a mí. Quiero tener los bolsillos llenos de entradas para conciertos y para museos. Y por supuesto, quiero saber que tengo casa en Londres, Nueva York, Kenia o Roma. Quiero ser madre, pero me basta con crear (relatos, recetas de cocina o estrategias de comunicación), aunque estoy segura que se me daría mejor lo de criar que lo de crear.

Quizás quiera seguir escapándome, y si me escapo, quiero ser valiente para no volver atrás. Quiero no pelearme, no discutir, no salir cansada del trabajo. Quiero tener ilusión hasta cuando no tenga nada de lo que tengo ahora. Y quiero lo que me falta para tenerlo todo y que es algo que no vale dinero pero cuesta mucho conseguir.

Quiero tener todos los días un hueco para escribir con ganas un post y una idea para que cada día sea distinto y te guste.

Y por pedir, y ya que estamos, quiero un bolso de Piamonte y unos zapatos verdes de tacón. Y un beso azul.

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